Mineros y turistas en las minas de Potosí (2° parte) Bolivia / Viajes

Pasó tiempo desde que prometía  una segunda parte del post “Mineros y turistas en las minas de Potosí” y aquí va su
continuación y final…

Minería, explotación, turistas e historia


Mecha y dinamita
Decía en el primer post que habiendo parado a hacer las compras para convidar a los
mineros volvimos a la combi que nos llevaría la entrada del socavón.  Un túnel en la montaña, la “sección Rosario B”.  Perteneciente a una de las cooperativas unificada, fundada un 10 de noviembre de 1936 y según versa un cartel que la identifica se trataría de un yacimiento de plata y estaño. Aunque la sonrisa que muestra mi rostro en la boca del túnel habla de mi alegría, seguro que esta era como la del niño que está a punto de entrar al tren fantasma.
Realmente aquella entrada húmeda y embarrada anunciaba el frío que se siente en los primeros tramos del túnel.
Tras los primeros pasos la única luz provenía de las linternas en nuestros cascos,
si quería retroceder, el momento era a los pocos minutos pero no, ni el frío sepulcral, las vigas de madera corroídas por la humedad y lo estrecho del espacio me harían desistir.  ¡Hacía años que esperaba ese día!
Tras unos minutos de marcha me encontraba frente a un pequeño retrato de la historia trágica de esa mina.  Frente a mí un cartel, para el turista supongo, que mi guía no tuvo intención de fijar como importante y detenerse a dar la tan ansiada explicación que yo esperaba.  El cartel, pintado con pintura fluorescente anunciaba “poteado colonial”.  En el lenguaje minero potear: construir paredes de piedra en secoPoteo: fortificación económica en forma de arco de piedra semi labrada en seco en remplazo del marqueo.

 
Más allá de cuestiones técnicas que desconozco porque insisto, nadie me enseñó desgraciadamente, aquel aviso indicaba que ahí yacía parte importante de la tragedia potosina, que el español había hecho escavar esta parte del cerro mucho antes de la fundación de la cooperativa que lo explota ahora.  Pero pasamos muy rápido frente al anuncio y mi curiosidad me permitió a las corridas fotografiarlo.

Qué precario que se ve este refugio no!?

Seguíamos adelante y fue que nos topamos por primera vez con un grupo de mineros que iban de salida.  Ahí entendería porque Wilmar nos había pedido que escondiéramos en nuestra ropa los envases de gaseosa, la coca y los cigarros, que no cabían en el par de sacos que cargábamos.  Él ya nos había explicado que eran “regalos” para los trabajadores, para convidarlos, pero también había advertido: que los productos los racionáramos porque era largo el camino y nuestra mercancía las “necesitaban”
los obreros que se encontraban más adentro. Aquel primer grupo de mineros pasaron raudamente frente a nosotros exigiéndonos que les diéramos gaseosas o algo.  Un chico brasilero ofreció una gaseosa de naranja y el último de esa comitiva, no conforme, le arrancó de entre las manos otra botella más.
No sé como describir mi sensación.  Sólo puedo decir que no me gustó, que lo sentí un atropello y me provocó una angustia que invadía.  Pero hoy como ayer, me queda la duda: ¿quién era el que atropellaba a quién?  Al fin y al cabo, los trabajadores de la mina son los dueños del espacio.  ¡No el grupo de monigotes disfrazados de mineros en el que me encontraba!

Aún restaba mucho tiempo y recorrido cuando en una especie de pequeña cueva, nuestro guía nos hizo sentar y esperar porque se acercaban otros mineros.  Wilmar, el guía, salió a su encuentro.  Mientras tanto, nosotros esperábamos sentados en la roca como en una tribuna.  Listos para ser parte del “Pan y Circo” del coliseo minero.
El ex minero, volvió con una pareja que arrastraba una zorra llena de piedra.  Casualmente, padre e hijo.  Aunque reconocer quien era el mayor resultaba difícil.  La altura, el polvo, la mala alimentación y las extenuantes jornadas laborales arruinan cualquier rostro. “¡Pregunten!” dijo Wilmar.  ¿¡Preguntar qué!?  Me enoja de sólo recordar.  Están laburando, haciendo fuerza para salir de la mina y nosotros los deteníamos para satisfacer nuestro apetito turista, o, peor aún, el afán comercial de la agencia turística.
Los dos hombres permanecían en silencio, esperando apoyados en la zorra.  Se me cruzaban innumerables cantidad de preguntas pero no hice ninguna.  No era esa mi idea de encontrarme con un minero.  Algunos de mis “compañeros” si preguntaron y hubo una pregunta me crispó.
 “¿Es un honor ser minero?”  Padre e hijo, tardaron en responder y con buenos modales y educación respondieron airosos.  Aunque me imagino que era otra la respuesta que habrá surcado sus pensamientos…
Luego contestarían a otro par de preguntas menos absurdas y continuarían arrastrando la zorra sobre los rieles.   Pero primero otra parte más del espectáculo, había que ayudarlos con el primer empujón y ahí salieron un par de los nuestros
actuando.
Seguimos adelante.  Más golpes en la cabeza, caminar encorvados con la mirada en los rieles hasta que llegamos a una especie
de entrada, un desvío.  Los rieles seguían y el camino que tomaríamos carecía de estos.  Un par de metros y un pozo en la roca por el que debíamos entrar y descender por una escalera.  Debo confesar que comenzaba a gustarme la experiencia.  En parte podía experimentar aquello que tantas veces había leído en “Viaje al centro de la tierra” de Julio Verne.
Volviendo al recorrido, salíamos del camino de rieles, nos adentrábamos en un territorio más “inhóspito”, si cabe la expresión.  Aunque también más duro en materia de explotación. Íbamos a hacia la mina de Don Miguel, un minero que supo encontrar una veta y creado una cooperativa para explotar el yacimiento.

Dinamitas en la mina, esperando para estallar la roca y acrecentar el sueño minero

Un sub hogar en la roca

El recoveco en el que recalamos por fin mostraba algo de humanidad.  Fotos de mujeres de alguna revista pegadas en la roca, muchas botellas de plástico, dinamita y hasta un colchón manchado por coca masticada.  Todo un hogar!!!

Mina Potosí – Rumbeando por Ahí

Avanzamos por el túnel unos tres metros hasta tropezar con otro pozo.  Por el hueco apenas visible, se podía apreciar su profundidad.  En él se introducían un par de cuerdas, una que sujetaba un balde otra con nudos para trepar por ella.  A dónde habíamos llegado era la sala de estar y ese pozo que parecía mucho más grande de lo que uno podía observar el lugar donde esos hombres llegaban a pasar doce horas diarias.

Mina Potosí – Rumbeando por Ahí
 
Un trabajador, del que sólo vi su nuca y la espalda encorvada mientas martillaba la roca, nos invitó a descender.  Ya me
disponía a tirarme por la soga cuando Wilmar me lo impidió.  Tenía razón de que bajar no sería problema pero subir cinco metros, no iba a ser nada sencillo.  Así me quedé con ganas de experimentar algo más de lo que vivió Axel, el sobrino del profesor Lidenbrock en “Viaje al centro de la tierra”.
Aquí otra vez las preguntas, el pasarles gaseosas a través del balde para volver a machar…

Estalactitas de azufre

Voy a concluir aquí, aun restará una tercera parte.  Para mí la más atractiva e interesante.  La visita y el encuentro con el “Tío”.

Continuará…

Muchas gracias por tu visita, te deseo buenos rumbos!!! J

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Muchas gracias por tu visita, te deseo buenos rumbos!!! 😀


Comentarios

  1. Mi sueño es visitar Bolivia, gracias por el dato, me gustaría vivir la misma experiencia y conocer la realidad. saludos desde Ecuador.

    • Si es tu sueño lo vas a lograr cuando menos te lo imagines José!!!
      Así pasó conmigo, terminé en Bolivia, Potosí y otros tantos lugares sin siquiera pensarlo y como esta experiencia cada una fue haciendo del sueño una realidad!!!
      Ojalá, cuando cumpla otro de mis sueños visitando tu país nos crucemos para contarnos nuestras experiencias viajeras y me cuentes cómo te fue en tu paso por Bolivia sí!!!
      Un abrazo y gracias por comentar!!!

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